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Innovación energética

Antonio María Pino

CEO de Refractaris


Artículo publicado en Cinco Días el tres de marzo de 2021

Hace unos días, el Consejo de Ministros aprobaba la nueva Estrategia de Almacenamiento Energético, en el contexto normativo de desarrollo del Plan Nacional Integrado de Energía y Clima, y en paralelo al extraordinario crecimiento del mercado internacional de almacenamiento de energía que, según la consultora IHS Markit, llegará este año a doblar las cifras del pasado. 

Esto nos podría parecer normal hasta cierto punto – visto como una noticia más de los avances de la transición energética- e incluso familiar. Porque, la actualidad diaria está llena de información que no hace tanto tiempo parecía incluso exótica para los no iniciados. Por ejemplo, ¿quién no ha leído y escuchado en el último año lo que supondría el desarrollo del hidrógeno verde?

Apuesta global

Sin embargo, parece que la apuesta global por el cambio energético -el reemplazo de los combustibles fósiles por las renovables- ha necesitado de una pandemia para tomar el impulso que necesitaba. Me refiero a que esa velocidad de cambio exponencial con la que siempre nos referimos a la evolución tecnológica y la digitalización, se ha trasladado a las energías renovables y la electrificación de la economía cuya narrativa se amplía prácticamente a diario.  

Lo que hace un año parecía que necesitaba mucho más tiempo, se ha ido acortando en las agendas de los gobiernos y en la percepción de las sociedades, empezando por la española, cada vez más comprometidas y sensibles ante el cambio climático y la descarbonización de la economía

En este nuevo escenario, los análisis geoestratégicos contemplan la transformación de los liderazgos -o al menos un realineamiento socioeconómico- de los países que dominen las denominadas tecnologías limpias y sean exportadores de energía, incluyendo por supuesto el control y acceso a las materias primas necesarias. 

En estos análisis -es muy interesante el de la Agencia Internacional de Energías Renovables, IRENA- yo destacaría el factor tecnológico, que es donde pueden estar gran parte de nuestras ventajas competitivas, más allá de nuestras condiciones, recursos y experiencia. 

Invertir en I+D+i

¿Puede sonar rara esta afirmación en un país donde la inversión en I+D+i es sistemáticamente menor que la media europea? Probablemente sí, desde la visión de una carencia como esta, pero también hay numerosos ejemplos de compañías e instituciones propias de que una apuesta decidida por la mejora continua de nuestras tecnologías renovables mediante I+D+i es un camino imprescindible e inevitable. 

No se puede obviar que hay factores clave: desde el tamaño (en materia de empresa y proyectos) hasta la financiación y la inversión (más allá de los programas habituales), pero estamos en el momento justo para solventarlos a través de la colaboración estratégica, tanto entre lo público y lo privado como entre las propias compañías, así como en el marco conceptual y económico de los fondos next generation.

Es posible innovar y disponer de tecnología propia en nuestro campo renovable para dar ese salto cualitativo que necesitamos más allá de la producción y la exportación y es posible hacerlo desde una pyme.